El relato de la Aventurilla

Redactado por Juan Carlos Arroyo.

Tengo la sensación de que todas las aventurillas a las que voy se parecen mucho, aunque sé que todas son diferentes. En la vida esto también pasa: para pasarlo bien solemos ir con los mismos amigos a los mismos sitios a hacer lo de siempre y a hablar de lo de siempre.
Si la fórmula es buena ¡repítala!. Amiguetes, mas avión, mas vacaciones, garantía de éxito. ¿Y el viento o la lluvia?, ¡qué más dá!. forman parte de la historia y si, por casualidad, hace buen tiempo y podemos volar pues ¡miel sobre hojuelas!.

El jueves 7 de junio, unos salimos de Cerval, otros, casi todos los demás, de Proença a Nova, para llegar a Mirandela, luego fuimos a Seia. Dormimos allí y al día siguiente fuimos a Monfortinho. De allí a Santarem aunque los autogiros nos quedamos en Castelo Branco porque un problema mecánico con el prelanzador le impidió a Fernando seguir. De allí, al día siguiente, fuimos a Arraiolos y luego a Évora. El último día volamos hasta Ferreira do Zezeré y, de allí de vuelta a casa. Los hoteles fenomenal y las comidas, algunas buenas y otras buenísimas, incluso rayando en lo que se entiende como banquete. Sesenta y dos aviones, cincuenta de ellos biplaza, es decir, más de cien participantes. De ellos, ocho autogiros, dos portugueses y seis españoles.
La volta se desarrolla por el interior de Portugal, descubriendo las sierras, los cortados del Duero y del Tajo y también entre tormentas. Los partes de la tele durante los cuatro días que duró la vuelta dieron lluvias seguras. Menos mal que la realidad, aliada con la volta, se encargó de desmentir al hombre del tiempo casi todos los días. Cuentan que después de la segunda guerra mundial, los meteorólogos le dijeron a Churchill: ¡gracias a nuestra ciencia, cada vez más exacta, hemos acertado un 45% de los pronósticos!. Churchill frunció el ceño y aseveró con gesto serio: ¡Así que si no les hubiese hecho caso hubiese acertado más de la mitad!
Con esta vuelta a Portugal hay que hacer justicia y decir que nos han tratado de primera y que la organización es fantástica. En cuanto a prestaciones está varios puntos por encima de la Vuelta Ibérica, como en Francia. No quiero decir que en España no se haga bien, se hace fenomenal pero se consiguen menos cosas por el mismo dinero de inscripción. Si queréis un ejemplo, os lo doy: como a Fernando Sevilla se le estropeó el prelanzador en un campo sin hangares, la organización le pagó el remolque desde ese campo hasta Castelo Branco, a 50 km. Esto, sin patrocinios, no se puede hacer. ¡Estamos rodeados!. En Francia la diferencia es la participación, en Portugal los Patrocinios. Por tan solo doscientos euros hemos dormido en muy buenos hoteles y hemos comido en restaurantes estupendos cuatro días. Este año ha sido gracias a SEAT mientras que la BP, por su parte, nos ha invitado a la gasolina de una etapa.

ultraligero

Una vuelta más. El cerebro descubre que empieza otra vuelta por el olor. El olor de un hangar por la mañana, antes el ruido de la puerta al abrirse (¡brrrrommm!), el olor de los aviones, la gasolina, el calorcito del hangar y el fresco de la mañana al sacar el avión. Ya fuera se huele la tierra mojada que es el emisario del rocío. Ese olor es como el de la clase de párvulos o como el olor de un bebé. Es el olor de un recuerdo de otra situación similar, agradable, que hace que el día coja un color especial, un color naranja.
Los olores son potentes almacenes de recuerdos. Las canicas también, las de cristal transparente que por dentro tienen unas hélices de colores. Sin embargo, las más buscadas, las de mayor prestigio, eran las de un solo color, las verdes, de un color verde botella, ligeramente picadas por las heridas de mil juegos. La canica verde era invencible al güá. También almacenan recuerdos las gomas de borrar milan, de color verdecillo con los bordes redondeados, y las gomas blancas aplastadas, con olor a nata. Y los recuerdos y los sueños se juntan, agolpados, cuando un piloto recuerda el vuelo. El recuerdo de volar se parece a esos momentos de felicidad que se ponen en el ombligo, como los recuerdos de infancia, de aventuras contadas con lengua de trapo, con los ojos abiertos, asombrados. Sueños cumplidos, felicidad. ¿Y si llueve? pues mejor porque la tierra huele y eso se recuerda.

Una vuelta más, más de lo mismo, aparentemente. Una nueva aventurilla, una nueva retahíla de sensaciones de libertad, nuevos campos aterrizados, conquistados por mi molinillo. Nuevos aterrizajes, siempre sensaciones nuevas, nuevos vientos cruzados, saludos en tierra, prelanzamientos nerviosos. De la ilusión que me hace volar me pongo nervioso, un nervioso tranquilo, una tensión serena y segura que me hace estar atento y concentrado en la complicadilla tarea de despegar un autogiro; formaciones en el aire viendo a mis amigos al lado, a las tres, a las nueve, a las doce; conversaciones por radio, a veces gritos, casi siempre risas,
– ¡Juanín, qué tal vas, hombre!
– Brrrrr,brrrr,
– ¿ese quien es?
– ¡Juan co.. aregla la p… radio!,
– ¡No soy yo, será Malagón!

Marcos y Juan tienen siempre todo en regla. Isaac e Isabel lo tienen siempre todo en regla salvo algún pequeño desacuerdo por el volumen de equipaje, Malagón siempre llega a las aventurillas con deberes por hacer, y luego estoy yo… Aunque en esta vuelta he pasado bastante desapercibido, ya me tocaba.

Marcos lleva todos sus deberes hechos pero basta que dude de si algo no está perfecto para que, al revisarlo, descubra que podía estar mejor. Ese es el momento en que el azar actúa. El azar actúa siempre para mal. Cuando actúa para bien ya no es azar. Así que, en la revisión se suele descubrir, ¡como no! que estaba estropeado. Yo, otra cosa no sabré, pero de encontrarme cosas mal… Así que os lo tengo dicho ¡cuanto más se mira más se descubre! Y Marcos hizo buena la testaruda tradición, tuvo que comprobar si sus ruedas traseras estaban bien infladas y, claro, éstas, al sentirse observadas, quizás por vergüenza, al tocarles el pitorro se descompusieron.

Todos, en el fondo, tienen cierta envidia de mis moviditas y mis desgracias de Bois del año pasado y miran y remiran a ver si tienen algo estropeado. Si es que las desgracias bien contadas, al final resultan ser apetecibles. En la fatalidad hay como algo de afán de protagonismo que a todos nos gusta tener, no sé , una especie de atracción por la desgracia, es como si todos tuviésemos algo de góticos. Y, claro, si andas mirando el timón, por arriba, por debajo, de lado, lo mueves hacia un lado y hacia el otro, compruebas si la rueda delantera se mueve, al final dse acaba descubriendo alguna holgura milímétrica. La verdad es que no es mucho, mejor hubiese sido una buena fisura, algo más espectacular, pero bueno, no está mal.

Vaya hombre, ¡que contrariedad, qué intempestivo, que mala pata! (Gelo habla así). Habrá que arreglarlo. Y para arreglarlo hacemos lo siguiente: Sacamos el autogiro del hangar, que tiene el suelo de cemento y lo ponemos en una zona con tierra y hierbecilla para que así si se cae algo no se pueda encontrar bien. Una vez quitado el timón para comprobar que estaba perfectamente colocado, las treinta y seis arandelas que lo sujetan y orientan se caen según lo previsto en un terreno de un color muy parecido al de ellas. Se va a hacer muy complicado saber si están todas.
– ¿Cuántas eran, treinta y cuatro o ventiseis?
– ¿Cómo voy a acordarme, ¡recórcholis!? Dijo Malagón.
– Oye y, otra cosita, ¿cincuenta y dos arandelas para tres tornllos?
– Pues claro coj…. (ya se le ha vuelto a estropear la lengua) Se ponen más en un sitio que en otro para levantar el plano del estabilizador horizontal.
– ¡Aaaahhhh! (Sonido complaciente)

De esta vuelta me quedarán estos olores.

También me acordaré de las fantásticas pistas portuguesas de iniciativa municipal, de mi autogiro que estrenó los nuevos depósitos fabricados por Ángel, de Cerval. Por fin cargo más de cien litros aunque no creo que jamás me atreva a salir con los depósitos totalmente llenos.

Me acordaré de la tozuda niebla de Cerval, del pinchazo de Mederos, de la entrevista de la televisión de Mirandela, de Joauim y David a los que volvía a ver en otra aventurilla más, de la carrera entre un coche y un avión en Seia y del precioso pueblo en la montaña, con su hotel y su cena; del viaje a Monfortinho pasando por la altísima Guarda, y de la comida con premios (uno para Juan por ser el que venía de más lejos). Del viaje a toda pastilla hasta Castelo Branco, de su taxista despistado y de la discusión política, gintonics mediante, por la noche en el hotel; del organizador del parking de Arraiolos que metió a sesenta aviones en doscientos metros cuadrados (estaría fenomenal la hazaña si no fuese porque había aproximadamente dos hectáreas para aparcar); no se me olvidará el interminable discurso de inauguración del aeródromo de Arraiolos, ni la llegada al inmenso aeródromo de Évora, ni la cara de alegría de Juan, Marcos y Gelo, después de probar los “cincomilcaballos” de un SEAT amarillo en una pista de pruebas; sobretodo recordaré las tormentas esquivadas camino de Ferreira y el impresionante paisaje al llegar a la pista en un desmonte de la montaña. Me acordaré del impresionante viaje de vuelta por Extremadura con sus dehesas verdes volando a tres metros del suelo y ascendiendo un poquito para no chocarnos con los animales y las vallas de los linderos Nos acordaremos todos de cómo se han portado Rui, Paulo y Jacqueline,

Me acordaré de esta volta.