Viaje a Ibiza

ulm-bautizos

Uno de los primeros deseos que tuve cuando conocí los autogiros fue el de volar hasta Ibiza. Gracias a Juan Torres que nos animó y nos convenció, y gracias a Isaac, con quien volé, cumplí ese sueño.

El viernes 3 de agosto de 2007 cruzamos los 90 km que separan la península de la isla. Los protagonistas fuimos Juan Torres y Javier Diago en un MAGNI, Antonio Peña y Angel Malagón en un ELA, Ferrán Roselló y María Antonia Verdaguer, en otro ELA e Isaac Penela y Juanqui Arroyo (yo) en otro MAGNI.

La travesía comenzó en Balica (Benicolet) adonde fuimos llegando todos ese mismo viernes por la mañana, de varias formas, desde varios sitios. En las novelas de aventuras esta disparidad da mucho juego para contar las andanzas previas de cada uno de los participantes. Aquí ni hay espacio, ni esto ha sido una aventura novelesca, ni yo soy novelista aunque ínfulas no me falten.

En Benicolet nos estaban esperando, con una paella de esas de chillarle, Pepe Santamaría (el dueño del campo), el alcalde y, ¡atención!: la tripulación de un helicóptero del SAR, ¡toma ya!

Aunque viajar a Ibiza era una vieja ilusión, el helicóptero del SAR compitió duramente para subir al podio de lo sueños por cumplir. Estuve a puntito de hacerme el desmayado y dejarme rescatar por el SAR para cruzar a Ibiza a bordo del helicóptero de salvamento.

Repostamos todos con el pajero, menos el helicóptero que venía lleno de combustible.
– Eh, los del SAR, si queréis repostar os dejamos el pajero.

Fotos, saludos, buenos deseos de felices vuelos y los del SAR firmando autógrafos. ¡Como si no hubiesen cruzado nunca!
– ¡Eh!, ¡Que tiene más mérito cruzar con el autogiro!

Al equipo de Lepe fue a visitarlo el Madrid y en una falta directa contra ellos, uno de la barrera se puso mirando a portería. Los compañeros de barrera le dijeron: “Quillooo, date la vuelta” y respondió. “Si hombre…Me voy a perder yo el gol”. Pues en Balica pasó lo mismo, el auténtico espectáculo era el helicóptero.

Después de comer, Juan y Gelo nos devolvieron la que Isaac y yo les habíamos preparado en su primer vuelo a Ibiza, hace ya tres años. En aquella ocasión les acorralamos contra un café con magdalenas en el mismo bar de la paella de este año, y les repetimos, hasta que las magdalenas se les indigestaron, lo que tendrían que hacer cuando se cayeran al mar, dando por hecho que se iban a caer. Esta vez, tomándonos la deliciosa ensaimada de Mallorca que nos habían traído de postre los del SAR, Gelo nos repitió de pé a pá el procedimiento a seguir cuando el autogiro se precipitase al mar. He de reconocer que se me retorció la ensaimada en el estómago. Después de esas risas se decidió bautizar la operación de paso a Ibiza como: “la operación ensaimada”.

A las cinco y cuarenta y cinco, plan de vuelo mediante, despegamos rumbo a la costa.
Desde que vimos el mar ya se notó que el viaje iba a ser una pasada. Nos pusimos en paralelo a las playas, encima del mar y la visión de las playas del norte de Denia era espectacular. Llegó el momento de abandonar la línea de costa y virar al Este, hacia el destino. Me invadió una sensación muy especial. No era miedo, era un cosquilleo inigualable, de alegría, de embargo, ese tipo de sensaciones en las que el cuerpo necesita respirar una sola vez muy profundamente, como una sensación de ansiedad. Los cincuenta minutos sobre el mar fueron maravillosos y la inmensidad del mar en vez de provocarnos tensión nos calmaba, nos llenaba de amoción. Isaac y yo, que íbamos sin intercomunicador, nos hacíamos señas con el pulgar levantado, agitábamos el puño, nos dábamos golpes en los hombros.

Había bastantes barcos, suficientes como para estar siempre viendo alguno. Volamos a doscientos o trescientos metros de altura los cuatro autogiros y el SAR, que se mantenía cerca pero respetuosamente lejos para no “enturbiarnos” la masa de aire, constituían una imagen inigualable. Nos hicimos fotos, disfrutamos del mar, de las olas, del horizonte, seguros de que en unos minutos veríamos Ibiza. En algún momento hubo algún ruidín que me inquietó durante una milésima de segundo. El resto del tiempo, segundo tras segundo, el viaje fue maravilloso.

A unos quince kilómetros de tierra divisamos Ibiza. Primero se ve una impresionante isla-pico, “Es Vedrá”, al que los viejos de lugar le atribuyen legendarias historias relacionadas con otros mundos y luego, poco a poco, se comienza a divisar el puerto de San Antonio. Cuando estuvimos cerca de tierra volando en paralelo por las playas, por el famoso Café del mar, el barco pirata y el Puerto de San Antonio, la sensación pasó de maravillosa a inexplicable.

Aterrizamos en un pequeño campo del centro de la isla donde fuimos recibidos por una treintena de vecinos y amigos. Allí estaban la madre de Juan, Alfredo ¡si hombre el de UC!, Antonio Torres Casado, Diego, y hasta el alcalde de Santa Eulalia ¡un honor!. También fueron los medios: el Diario de Ibiza y la televisión autonómica IB3 a la cual algún piloto le dio un bautizo y le prometió darle unas pasadas en Formentera al día siguiente.

Ya sé que no es ninguna hazaña, que no es ninguna heroicidad, para la humanidad no es ni siquiera un pequeño paso, pero para mí,… Revisando ahora ese momento recuerdo que tuve ganas de saltar, de ponerme de rodillas con los brazos en cruz y acercar los labios a la tierra arcillosa de la pista, como si fuese el Papa o Fidel, en plan mesiánico. ¡Menos mal que no lo hice! porque luego la tontería la hubieran visto mis hijos. Aunque si tuviese algo menos de vergüenza lo habría hecho, ¡qué demonios!, habría salido en la tele y en los periódicos. Ya estoy viendo los titulares: ¡Menudo merluzo el del molinillo, se creerá Lindberg! La verdad sentia mucha más emocionado que cuando con 18 años entramos por primera vez en una concurrida tienda erotica de Barcelona, donde los ojos se me salían de las órbitas al ver aquellas señoritas en sus camaretas luciendo toda su extenso catálogo de lenceria erotica por unas monedas donde jugaban a juegos prohibidos con sus grandes consoladores y juguetes varios..

Ya habíamos estado en Ibiza otra vez con Pere-Lluc y, como en aquella ocasión, os aseguro que tenemos suerte de contar con este amigo y anfitrión. Ibiza tiene un pedazo de cocina local y unos restaurantes y chiringuitos que ¡olé!; nada presuntuosos, en los que se comen buenos guisos, sencillos y sabrosos, con buena materia prima, como el bullit de peix, exquisito guiso de pescado al que sigue, después del festín, una paella de arroz que se cuece con el caldo sobrante del guiso. A este plato, además de chillarle, hay que darle la “vuelta al ruedo”. No se quedan atrás las paellas ibicencas y es que en esta isla el arroz lo miman como en pocos sitios.

Entre plato y plato, playita, zodiac, risas y chiringuito nos dimos un vuelo hasta Formentera que es, quizás, el mejor vuelo de mi historia. Me hubiera gustado ir con mi autogiro pero volar con Antonio no estuvo falto de emoción, sobre todo en las cercanías de las playas nudistas. Entre Ibiza y Formentera hay apenas veinte kilómetros de los cuales casi la mitad son una estrecha lengua de playa de unos treinta metros de ancho. El viaje se hace cortísimo porque hay una auténtica autopista de barcos haciendo el mismo trayecto y nunca tienes la sensación de estar volando diez o quince kilómetros sobre el mar.

Además de Pere-Lluc estuvimos asistidos en todo momento por otro Joan Torres, piloto de trike, amigo de otras ocasiones, y por Joan Manils, presidente del Real Aeroclub de Ibiza, a los cuales, igual que a sus familias, les agradecemos también su hospitalidad. De Manils es el mejor chiste del verano: el “chiste de la vaca”. Si la petición popular mediante cartas al director es suficientemente grande, lo contaré en la próxima historieta.

Habíamos llegado el viernes y el lunes por la mañana partimos de vuelta, rumbo a Balica y luego a casa. La vuelta tuvo alguna incertidumbre meteorológica en forma de nubes y lluvia. Llegamos a Benicolet acompañados de nuevo por el SAR, nos acompañaron hasta que aterrizamos y se volvieron para su base mallorquina. Va desde aquí nuestro agradecimiento y reconocimiento a la labor de unos hombres cuya principal y arriesgada misión es salvar vidas.

Nos abrazamos, nos tomamos un café y nos despedimos hasta octubre que nos iremos, si dios quiere, a Marruecos.
¿Quién organiza?
Otra vez Pere-Lluc.
Esta vez Marcos, aunque hay algo de agua, creemos que vendrá.
Y cuando escriba el relato os contaré el chiste de la vaca.